Después de diez años sin regresar, volver a San Pablo Tijaltepec, en Tlaxiaco, Oaxaca —el pueblo de donde son originarios mis papás— fue una experiencia que marcó mi vida. No solo era un viaje, era volver a mis raíces, a una parte de mí que había estado lejos por mucho tiempo. Desde el momento en que llegué, supe que nada sería igual, pero tampoco esperaba todo lo que iba a sentir.
Lo primero que noté fueron los cambios. Había muchas más casas de las que recordaba, las carreteras estaban mejoradas y todo se veía más desarrollado. Sin embargo, algo que no cambió fue el aire fresco y limpio que se siente en el pueblo, muy diferente al de la ciudad. Llegamos de sorpresa a nuestra casa, y ese momento fue uno de los más especiales: reencontrarme con mis tíos después de tantos años. Estaban llenos de alegría al vernos a mí y a mi hermana, y ese recibimiento me hizo sentir que, aunque el tiempo había pasado, el cariño seguía intacto.
Durante ese verano, conviví mucho con mi familia. Familiares que no veía desde hace años llegaban a visitarnos, y cada encuentro era muy significativo. Me sentí muy querida, muy atendida, como si nunca me hubiera ido. Ese tipo de conexión no se puede reemplazar con nada.
La comida fue otra parte inolvidable de mi experiencia. Probé mole, tlayudas, sopes y tamales, y cada platillo tenía un sabor único y auténtico. Aunque mi mamá siempre nos ha cocinado comida oaxaqueña, probarla en su lugar de origen fue completamente diferente. Los olores, los sabores y hasta la forma en que se sirve la comida hacen que todo se sienta más especial. Fue una manera de reconectarme con mi cultura a través de algo tan simple pero tan importante como la comida.

También asistí a eventos escolares que me dejaron muchos sentimientos encontrados. Un amigo de la infancia me dio un recorrido por la telesecundaria y la preparatoria. Por un lado, me sentí feliz de ver esos lugares y recordar mi infancia, pero al mismo tiempo me invadió la tristeza al pensar en la vida que pude haber tenido si hubiera seguido viviendo ahí. Me imaginé asistiendo a esas escuelas, creciendo con mis amigos, y eso me llenó de nostalgia.
Los bailables escolares fueron increíbles y me recordaron cuando yo participaba. Ver a los estudiantes bailar con tanta energía y orgullo me hizo sentir parte de algo, aunque ya no viviera ahí. Pero sin duda, una de las mejores experiencias fue la fiesta patronal en honor a San Pedro y San Pablo Apóstoles. Es una celebración muy grande donde llegan personas de diferentes comunidades y municipios a festejar juntos.
Durante la fiesta, disfruté mucho los partidos de baloncesto. Participan equipos patrocinados por tiendas o personas de la comunidad, y juegan de manera muy profesional por premios en dinero. Los partidos son intensos, llenos de emoción y muy entretenidos. Sin embargo, lo que más disfruté fue el baile. Me encanta bailar, y ese ambiente lleno de música, alegría y tradición fue algo que nunca voy a olvidar. La fiesta dura dos días de partidos y un día de baile, y cada momento se vive con mucha intensidad.
Cuando llegó el momento de regresar a los Estados Unidos, sentí un vacío muy grande. No quería irme. Había encontrado algo que no sabía que extrañaba tanto: mi gente, mi cultura, mis raíces. Dejar todo eso atrás fue muy difícil.
La segunda vez que regresé, noté aún más cambios. El pueblo seguía creciendo, con mejores carreteras y más casas. La fiesta patronal también evolucionó, incluyendo un programa de danza muy bonito y bien organizado. Aunque el pueblo cambió físicamente, la esencia, las tradiciones y el calor de su gente siguen siendo los mismos.
En conclusión, mis viajes a Oaxaca han sido mucho más que unas simples vacaciones. Han sido una oportunidad para reconectarme con quien soy, con mi familia y con una parte de mi identidad que no quiero perder. Aunque la vida me ha llevado lejos, siempre voy a llevar a San Pablo Tijaltepec en mi corazón.




































