Es un mundo grande. Nadie sabe de mi trabajo, excepto los compañeros con los que trabajo. Ya van a ser once años que los Oligarcas están en el poder. Apenas puedo recordar cómo era la vida sin esos rateros. La Oligarquía es un grupo de cinco compañías latinas que se unieron para robar el poder de cada país al sur de los Estados Unidos. Vivimos en una noche eterna, llena de pobreza. El cielo está cubierto de nubes de basura, y las calles huelen a zorrillo. La Oligarquía prefiere dejar pudrir a la gente antes que cuidar la naturaleza. Por eso estoy trabajando con La Brigada para derrotarlos. Ahora, estoy enfocado en entregar unos documentos a una compañera que vive en otro distrito. No podemos mandar nada por internet. Todo lo electrónico esté monitoreado por Televisa, un miembro de la Oligarquía. No es seguro estar en línea, es como si alguien estuviera siempre detrás de ti, viendo todo lo que haces.
—¡Buena suerte! —gritó Marcel. –Sí, y asegúrate de que nadie te siga —me dijo María.
—Relájense, todo estará bien —les mentí.
No se puede asegurar nada aquí. Llevo dos años trabajando con ellos. Los métodos de Marcel me parecen un poco extraños, pero lo que importa es la calidad de su trabajo. Y en eso es muy excepcional. María es más profesional, y eso también es importante.
El Distrito Federal de México no se parece a la ciudad que era antes. Las luces azules que alumbran la calle vienen de las teles que escupen propaganda de Televisa. Me tapo la boca con un pañuelo porque, si no, me muero por el olor. Hay una señora afuera.
–Por favor señor, ¿tiene algo de comer que me pueda dar? Nos cortaron los alimentos por aquí.

Miré hacia otro lado y no le hice caso. A veces creo que veo personas mirándome entre la oscuridad. Figuras extrañas que observan y juzgan a todos desde las sombras. Es lo que todos sienten aquí.
Llego al cerro. Me gusta venir aquí. Todos están lejos y se puede ver el Distrito Federal entero. Desde aquí, las teles se ven como estrellas. Puntitos azules que alumbran el terreno. Cada estrella llena de mensajes falsos, una ilusión tratando de engañar a la gente. Como los gusanos que iluminan el techo de las cuevas. Usan sus bellas luces para atrapar y devorar a otros insectos. Justamente como la Oligarquía. La belleza de la naturaleza es su herramienta para sobrevivir.
Ya casi llego al otro edificio. Está cerca de la jefatura de Bimbo, el segundo miembro. Suena extraño, pero Bimbo controla la producción y distribución de alimentos en Latinoamérica. Es otra forma que tienen de controlar a la gente. Puedo ver a alguien sospechoso en la esquina. Su ropa parece nueva. Lleva una corbata elegante y su cara está escondida bajo la sombra de su gorra. Pero solo se queda ahí. Observándome.
Se lo conté a mi compañera cuando llegué a mi destino.
—¿Te aseguraste de que nadie te seguía? –me preguntó.
– Obvio, Elena, no voy a arruinar nuestra oportunidad.
–Bueno. ¿Supongo que tienes algo para mí?
Saqué los documentos. Adentro tienen la arquitectura del edificio de Televisa.
–Todo esto está bien, Joaquín —me dijo–¿Cómo consiguió esto Marcel?
– Se disfrazó de un empleado —le conté.
–¿De verdad? Ese hombre no conoce sus límites.
Miré mi reloj.
—Casi es medianoche. Me tengo que ir. No hay patrullas y quiero aprovechar.
–Espera. ¿Dónde están apostados ustedes?
Me detuve un momento. No sabía si podía confiar en ella.
–Hace dos semanas que nos conocemos. Si vamos a seguir trabajando juntos, al menos dime por dónde trabajan –exclamó.
–Sí, perdón. Es que hace mucho tiempo que no confío en nadie así –le contesté.
Aunque nos llamamos La Brigada del Amanecer, solo somos tres en total. Elena sería una buena persona con quien trabajar. Y necesitamos más ayuda.
–Bueno –le dije—, nosotros trabajamos cerca del panteón, en el 20 de noviembre.
Ella sonrió.
—Eso no fue tan difícil, ¿verdad? Llegué a nuestro edificio.
–¡¿Le dijiste nuestra ubicación?! —gritó Marcel.
—Ya llevamos casi dos semanas trabajando con Elena —me defendí. —Por lo menos podrías haber hablado con nosotros antes —dijo María. –Necesitamos su ayuda. ¿Cómo creen que nosotros vamos a conseguirlo siendo solo tres?
Traté de defenderme. Justo cuando terminé de hablar, se oyó la puerta. Todos nos asustamos. María escondió nuestro trabajo, y Marcel se acercó a la ventana.
–Es Elena. No veo a nadie más.
–Supongo que puede entrar –dijo María.
Su tono era calmado, pero me miraba con unos ojos llenos de precaución y enojo. Marcel abrió la puerta.
–¡Qué bienvenida tan linda! –exclamó Elena.
Marcel nos defendió.
– Tú sabes por qué estamos actuando así.
– Ya –continuó Elena—, solo quería devolverles esto.
Sacó los documentos que le había dado.
–Gracias –respondió Marcel.
–¿Y cuándo creen que puedo unirme a su causa?
–Tú sabes lo difícil que es confiar en alguien aquí. Primero, tienes que decirnos por qué quieres unirte a nosotros. Después, Joaquín, María y yo vamos a decidir si queremos tu ayuda. Pero no hay garantía.
–Qué lástima.
Justo en ese momento, las patrullas derribaron la puerta. Eran demasiados para contarlos. La policía nos metió en la camioneta. Lo único que recuerdo son los mensajes que mostraban las pantallas:
SE BUSCA VIVO. JOAQUÍN GUERRERO. RECOMPENZA: COMIDA PARA UN MES.




































