
Era un nuevo comienzo, pero cuando vi el carro de mi mamá alejarse, me golpeó la realidad. Estaba sola en la universidad. Miré a mi alrededor, y los edificios parecían no tener fin. Los estudiantes caminaban sin detenerse, y yo no sabía hacia dónde ir. Me invadió la sensación de ser pequeña y sentí un nudo en el estómago.
Ya tenía todas mis cosas acomodadas en su sitio: la cobija de flores, mis libros, la foto con mi perro. Pero, todo parecía fuera de lugar. Mi mamá no estaba para decirme que respirara, y eso me hizo sentir más sola.
—¡Hola, chica! Por fin llegaste —dijo Clara con una sonrisa.
Mi compañera de cuarto parecía muy alegre. Me contó que quería ir a una feria, probar cafés lindos y ver si los chicos de la fraternidad eran tan guapos como decían. Yo solo jugueteaba con mi mochila, intentando no mostrar lo nerviosa que estaba.
Clara se fue a explorar el campus y me quedé sola. Quería salir, así que tomé mi mochila y me fui por el pasillo. Cada paso resonaba en el silencio. ¿Estoy lista para esto? ¿Voy a hacer amigos?
Caminé por el campus, mirando los árboles moverse con el viento y los edificios brillando al sol. Todo parecía tranquilo, pero algo en mí no se sentía en paz. Mi corazón latía rápido, y no podía dejar de mirar a mi alrededor. Bajé la vista a mis zapatos. ¿Estaban sucios? ¿Se notaba? Caminé contando los pasos en mi mente: izquierda, derecha, izquierda, derecha.
Llegué a un edificio académico. Me dio algo de calma. Miré a mi alrededor y vi a un chico que estaba viendo un mapa.
—Hola —dijo—. ¿Eres nueva aquí? —Sí —respondí con una sonrisa pequeña—. Es mi primer semestre.
—El mío también. Me llamo Mateo —me dijo, dándome la mano.
—Yo soy Emilia —respondí, notando que mis dedos temblaban.
—¿Estás en arquitectura también?
—Sí, justo empiezo.
—¡Qué bien! Yo también estudio arquitectura —dijo con una sonrisa.
Su voz era amable. Me preguntó si quería tomar un café y hablar de las clases. Mi mente se llenó de preguntas: ¿solo está siendo amable? ¿O quiere conocerme? Pero su mirada era tranquila, y algo en mí quiso seguir escuchándolo.
—Sí, claro, me gustaría —dije.
Mateo sonrió. —¿Me das tu número? Le pasé mi número tratando de no pensar demasiado. Esa noche, ya en mi cuarto, recibí un mensaje suyo: «Hola, ¿quieres cenar conmigo a las 7? ».
No habíamos hablado más del café. Dijo que tenía que hacer algo, pero ahora… ¿cena? Leí el mensaje varias veces. ¿Le respondo? ¿Qué me pongo? ¿Y si me mancho? ¿Y si no sé qué decir?
Caminé por la habitación sin saber qué hacer. Revisé la puerta una, dos, tres veces. Todo estaba bien. Pero la ansiedad no me abandonaba. Respiré hondo. «Solo es una cena », me dije.
Escribí: «Sí, está bien ». Luego esperé.
Antes de salir, me miré en el espejo y me obligué a sonreír, aunque mis labios temblaban un poco. Mis ojos no podían esconder lo nerviosa que estaba. Aun así, cerré la puerta y no miré atrás. El pasillo estaba tranquilo. Mis pasos sonaban fuertes, pero no los conté esta vez. Caminé hacia el comedor sin revisar ni mi ropa ni mis zapatos. Solo fui.
Mateo ya estaba ahí, cerca de una mesa. Me saludó con la mano, y por primera vez en todo el día, sentí algo de calma. Me senté, intentando no mover demasiado las manos. Normalmente las habría limpiado mil veces, pero me obligué a dejarlas quietas.
Mateo empezó a hablar de su día. Yo traté de quedarme en el momento.
—¿Qué tal están tus clases? —me preguntó.
Mi mente quiso volver a sus viejos hábitos: ¿Tengo las manos sucias? ¿Estoy bien sentada? Pero lo miré y contesté:
—Están bien. Solo que todo es nuevo, y necesito tiempo para adaptarme.
—Lo entiendo. A mí también me costó —respondió con una sonrisa.
Hablar con él fue más fácil de lo que esperaba. Traté de relajarme, pero mis manos seguían buscando algo que hacer. Cada vez que levantaba la taza, dudaba si estaría bien. La voz de Mateo me sacó de mis pensamientos. Recordé que nadie me estaba mirando, y me forcé a dejar de preocuparme por cada movimiento.
El restaurante se iba llenando, y los ruidos me distraían. Pero cada vez que quería mover la taza o tocar la servilleta, me repetía que estaba bien, que no pasaba nada.
—¿Te pasa algo? —me preguntó Mateo.
—No, nada —respondí rápido. No quería hablar de mi ansiedad, pero tampoco podía decir que estaba bien. Era una lucha interna.
Mis manos ya no temblaban tanto, y aunque mi respiración seguía un poco agitada, no dejé que me venciera. Me obligué a mirar a Mateo y a mantener la mirada. No era fácil, pero seguí hablando. Cada palabra me costaba un poco menos.
Después de cenar, Mateo me acompañó al edificio. Sentí el impulso de revisar la puerta, pero no lo hice. Solo miré y seguí caminando. Mis manos estaban libres, mis pasos más seguros.
Cuando llegué a mi cuarto, le dije:
—Gracias por la cena. Estuvo muy bien.
—Me alegra que te haya gustado —dijo con una sonrisa.
Esa noche, ya en la cama, el sonido de mi respiración lenta me ayudaba a calmarme. Mi mente seguía dando vueltas, pero ya no era como antes. Ya no sentía el peso de cada pensamiento, ni la presión de que todo tenía que salir bien. El miedo seguía allí, pero ya no me ahogaba. Pensé en lo que había hecho: no había sido fácil, pero había hecho algo, había dado un paso adelante. Quizá la próxima vez sería diferente. O tal vez no. Pero algo dentro de mí se sentía más liviano, como si una parte de mí hubiera dado un paso fuera de su zona de confort.
Mientras me quedaba dormida, ya no sentía la necesidad de que todo fuera perfecto. Al menos, esta vez, había dado el primer paso.




































